Fascinación

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Es fácil quedar seducido en las salas del Louvre. Yo mismo me quede absorto mirando a la mujer que, a su vez, se había quedado deslumbrada por un cuadro majestuoso e impactante.
Se había quedado tan quieta que me dio tiempo a fotografiarla.
Estamos en la sala Denon, la 700, llamada también Sala Mollien del Romanticismo. Detrás de la mujer está el cuadro La Muerte de Sardanápalo, pintado por Eugène Delacroix en 1827. Este cuadro es una locura. Un autentico caos.  Violento y sensual a la vez. El pintor se inspiró en un poema de Lord Byron sobre la leyenda del último rey asirio qué, al verse derrotado, decide destruir todo lo que ama. Es un cuadro para perderse en él e ir del todo a cada uno de los detalles que lo convierten en uno de los mejores ejemplos del romanticismo francés.
Por supuesto todos sentimos curiosidad por saber qué mira la mujer. Ese otro cuadro, que escapa a nuestra vista, de grandes dimensiones, es también de Delacroix y se titula. La Libertad guiando al pueblo. Creo que la mayoría recordará el sujeto principal: una mujer con la bandera tricolor y un fusil que avanza guiando al pueblo con los pechos al aire. Conmemora la Revolución de 1830 cuando el pueblo derrocó al rey Carlos X. Hoy es un símbolo reconocible intergeneracional.


Ⓒ texto y fotografías Ricardo de la Casa Pérez – Noviembre de 2025

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Pasmo

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Inenarrable.

El teatro romano de Cartagena empezó a ser excavado en 1988. Nunca supe de él a pesar de mis continuos viajes. Así que, tras casi cuarenta años, me dejé caer de nuevo por esos lares, y lo primero que hice fue visitar las ruinas del teatro.En general, la arquitectura romana es bastante reconocible, estés en Tarragona, Roma o Croacia. Lo que no esperaba era encontrarme esa locura visual que me dejó encantado.

Da la sensación de que multitud de artistas se han dedicado a embellecer las paredes de los edificios que lo rodean. Lo que pueden ver son los aledaños del teatro, las paredes posteriores de los edificios circundantes. Casi no había prestado atención, ya que el mismo teatro acaparaba toda mi atención, hasta que me giré y me quedé, de repente, anonadado. Todo un espectáculo lleno de pequeños detalles que no se acababan nunca. Una pared flagelada por los años, llena de recuerdos de otras épocas y edificaciones imposibles, era capaz de cautivar mi mirada y dejarme absorto. La amalgama resultante de arte callejero, ruinas romanas y décadas de civilización amontonados unas encima de otras superponiendo generaciones de seres humanos pisando los mismos lugares, puede dar para muchas sorpresas y esta es una de ellas.

Ⓒ texto y fotografías Ricardo de la Casa Pérez – Octubre de 2025

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Dunas

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Algunos lugares del planeta, además de dejarte pasmado por su belleza, te hacen sentir insignificante. He visto gente seducida por esa percepción, sentarse en la arista de una duna y quedarse meditando durante mucho rato.
Se trata más de sensaciones que de emociones.  Algo inexplicable se remueve en tu interior e incita a tus sentidos a ser mucho más receptivos al entorno. Migajas capaces de redimensionar las prioridades. Texturas visuales que te hacen vibrar en la misma frecuencia natural y hacen que tu mente resuene percibiendo realidades que permanecían ocultas. Algunas cobran un valor que antes no les dabas y, en cambio, otras que apreciabas dejan de tener sentido en esa escala que creías inamovible.
Otras culturas, otros paisajes, otra luz, otros lenguajes, otras gentes, te hacen romper esquemas que pueden estar anquilosados. Te sientes liberado de las mordazas que te han tenido aprisionado, de las vendas que te han cegado. Sientes una brisa fresca en la cara y te sientes más libre, vivo y apasionado.
Inspiras y sientes que aún queda mucho por comprender, que en la urdimbre de tu vida todavía hay mucho que tejer. Solo tienes que dejar que la lluvia te empape, tus piernas se agoten y disfrutes de la vorágine  de sabores, olores y texturas que te esperan a la vuelta de la esquina.


Ⓒ texto y fotografías Ricardo de la Casa Pérez – Octubre de 2025

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Fisgando

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Entrar en la Piazza de Santa María en Trastévere, es como abrir las puertas a los jardines de Babilonia en su apogeo. Exagero, claro. No es lo mismo, pero las emociones que te embargan en esos momentos, debían ser muy parecidas, o al menos yo me lo imagino un poco así. Mucha gente esparcida por sus cuatro costados. Charlando, bailando, sentados, fumando, tirados por el suelo, paseando, comiendo un helado o cosas más prosaicas. La plaza repleta de humanidad, todos disfrutando y cada cual a lo suyo. El barullo, el ruido de fondo, es un susurro bajo, roto de vez en cuando por alguna carcajada aguda. Te quedas parado unos segundos disfrutando de la sensación de ser invisible entre tanta gente. Anónimo sin serlo. Participando en la comunión sin llamar la atención. Interpretando tu papel y siendo público a la vez. El culmen de la perfección.

Mi mirada se deslizó, intentando captar la esencia de cada escena que se representaba ante mí. Al levantar los ojos, lo atisbé. Él estaba allí, con su copa de vino y su cigarrillo comadreando. Aunque mejor lo definiría fisgoneando desde las alturas. Aunque sinónimos tienen sutiles diferencias (bueno, no tan sutiles). Aunque quizá más tarde se incorpore alguien más y el verbo comadrear cobre sentido en ese contexto. El ocaso del sol era un manto dorado que se extendía por la pared y jugaba en su ventana a tres en raya. Él permanecía hechizado, absorto frente a la representación humana que se desplegaba ante sus ojos. Supongo que le era imposible abstraerse. La tentación diaria tenía que ser enorme. Ni siquiera se dio cuenta de que le fotografiaba.

Al poco me alejé. Evite de forma consciente la tentación de girar la cabeza y echar un último vistazo. No quería romper el embrujo.


Ⓒ texto y fotografías Ricardo de la Casa Pérez – Septiembre de 2025

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