
La muralla de Dubrovnik caía a pelo sobre el patio del colegio. Los chavales jugaban al baloncesto y las chicas estaban a la sombra. La escena cenital no me atraía, hasta que dejaron de jugar y dos de ellos se sentaron y pensé que esa composición sí era interesante. Les enfoqué a la espera de encontrar un momento donde alguno o varios se dieran cuenta de que les estaba haciendo fotos (no disparaba, solo los mantenía enfocados). No se dieron cuenta en ningún momento (estaba justo por encima de sus cabezas). Por suerte, la chica estaba comiendo algún tipo de gominola y le dio a su compañero una de ellas alargando el brazo. Era una casualidad. Supe en aquel momento que allí estaba el regalo a mi paciencia. Sabía lo que estaba viendo, una escena mil veces repetida por los humanos, vulgar y normal, excepto porque alguien la había inmortalizado siglos antes.
Y disparé.
Mientras lo hacía pensé en Miguel Ángel Buonarroti y su escena de la Capilla Sixtina, la más famosa y una de las más hermosas pintadas por el genio italiano. Hice algunas fotos más, pero ya sabía que si me había quedado bien, esa era la foto y ninguna otra del grupo.
Ⓒ texto y fotografías Ricardo de la Casa Pérez – Julio de 2025
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