En la rada
Capítulo 2

Palas, en su cabina, se había despojado de la capa para tener más libertad de movimientos. Esperaba pacientemente que el capitán Lanis le anunciara que había llegado al puerto para matarlo.
El pequeño velero acababa de fondear y se dejaba mecer por las aguas tranquilas de la rada interior. Apenas hacía unos minutos que Tanis había dado las últimas instrucciones a su tripulación y los remos habían sido retirados de las chumaceras. Saborgas, siguiendo sus instrucciones, hacía ya rato que se había deslizado furtivamente para encargarse del resto de la tripulación mientras estaban ocupados con las operaciones de fondeo.
Con discreción había atisbado desde el castillo de popa su llegada a Cintra, la capital del reino del sur. La ciudad se asentaba entre dos colinas en forma de u, alzándose con pulcritud en una serie de peldaños hasta alcanzar en una de sus cimas el castillo del Señor de Belofont. La parte más baja, que circundaba el enorme puerto, eje central del comercio con todo el resto del reino, estaba en las primeras horas del atardecer sumamente ajetreada. Numerosas embarcaciones aprovechaban los vientos de xaloc para alcanzar, sin demasiado esfuerzo, un lugar en la rada interior del puerto. Los muelles quedaban completamente ocultos tras el trajín de naves, mástiles y vergas. La calle principal, que podía distinguirse desde allí, subía, empinada, hacia la parte noble de la ciudad con un flujo constante de carretas cargadas. Sobresaliendo a la derecha, en la colina opuesta que dominaba la planicie, entre el magma de techumbres y chimeneas, y en una poco sutil contraposición de poder, se alzaba con sus ocho ligeras cúpulas la Polizan sede de la delegación de los Polistas del Templo de los Mundos.
Palas se impacientó; Saborgas ya debía de estar en posición a la espera de ver entrar a Lanis en su aposento. Debían actuar, rápido y en silencio. Ninguno de los marineros, todos ellos devonianos, debía escapar.
Las palabras de su amo Inkaruka resonaron en su interior con fuerza. «Ha llegado el momento de viajar a Lebas hijos míos. Belofont debe morir para preparar la llegada de la Tonaina. Nada debe interponerse para la próxima reencarnación».
Por fin, un leve sonido le anunció la llegada del capitán antes de que llamara a su puerta.
─Adelante capitán Lanis.
La puerta se abrió con un leve crujido y dio paso al enorme devoniano. Por encima de su camisa y jubón asomaban, como viejas cicatrices moradas, las estrías de sus branquias superiores.
─Hemos llegado, mi señor. Hemos fondeado en la rada interior y, tal como me solicitó, el bote les espera para llevarles hasta el muelle principal. Podemos acercarles hasta la ciudad en cuanto estén preparados —Lanis se paró un segundo al observar que el otro viajero, Saborgas, no estaba en la estancia y preguntó—. ¿Vuestro acompañante no está con vos?
Palas decidió que no necesitaba más información. Saborgas debía estar ya liquidando a toda la tripulación y era importante que Lanis no pudiera avisar de que algo no iba como debía.
Aceleró y en un instante se situó tras el devoniano que apenas había captado el movimiento, demasiado rápido para sus ojos. Un pequeño cuchillo apareció en su mano izquierda y rebanó de oreja a oreja la garganta del capitán. Sujetó con su mano derecha la cabeza de su víctima y buscó las estrías, destrozándolas concienzudamente. Al acabar, y de un solo tajo, le abrió en canal desde el vientre hasta el corazón.
Lanis se deslizó mansamente hacia el suelo. Boqueaba en busca de aire para sus pulmones y sus branquias aleteaban espasmódicamente en un medio que no era el suyo. Sus ojos, aún con un atisbo de vida brillando en su interior, seguían manifestando la sorpresa.
Palas lo observó detenidamente. Su enorme capacidad de regeneración, sus fuertes cuerpos, hacían que los devonianos fueran demasiado confiados y, por tanto, débiles en un ataque por sorpresa. Lanis apenas había levantado sus manos para protegerse. No le había dado tiempo siquiera a empuñar el cuchillo de diente de tiburón que siempre llevaba en la cintura.
«Tenéis fama de duros y lo sois, pero en realidad vuestra confianza os hace frágiles», pensó.
Se relajó durante unos segundos contemplando cómo moría Lanis. Sonrió. La hoja llevaba un potente veneno incrustado, lo que le aseguraba que el devoniano no podría recuperarse de unas heridas que para cualquier otro hubieran sido mortales.
Palas dejó de especular y salió de la estancia por si Saborgas le necesitaba, aunque eso le hubiera sorprendido. La cubierta estaba desierta. Alzó la vista revisando los mástiles y las vergas por si algún marinero andaba retrasado. Todo estaba tranquilo. Se deslizó hacia la sentina y se dio de bruces con un marinero que huía despavorido. No le dio tiempo siquiera a saber con qué se había topado. Realizó maquinalmente la misma operación que con su capitán, atisbando, mientras lo degollaba, por si subía alguien más.
Estaba en ello cuando vio subir a Saborgas, que iba en busca de su víctima. Se paró en seco y esbozó un rictus.
─Era el último —y precisó—. No hubiera llegado al agua.
─Lo sé, pero no tenía nada que hacer —dijo Palas convirtiendo el rictus en una sonrisa.
Habían calculado bien; era el momento de mayor ajetreo con la llegada de numerosas embarcaciones, la mayoría fondeando en la rada, como ellos, por falta de espacio en los muelles que se reservaban para los grandes transportes o las naves nobles.
Palas deslizó su mirada hacia el mar, oteando posibles e inoportunos curiosos y comprobó que no había barcos cerca. Siguiendo sus instrucciones, Lanis había buscado un lugar discreto en la rada; todo estaba tranquilo a su alrededor.
─Vamos? ─preguntó Saborgas.
─¿Abriste las vías de agua?
Saborgas sonrió con suficiencia.
─¡Por supuesto! A este cascarón no le queda mucho tiempo en la superficie ─respondió Saborgas, sus ojos, habitualmente apenas dos líneas en una máscara imperturbable, estaban completamente abiertos y brillantes. Hizo una pausa y continuó─. He encendido un fogón y apuntado el falconete hacia él, como me dijiste. La mecha durará hasta que estemos cerca del muelle. No quedará rastro de nosotros en los restos del pecio. Aunque luego los devonianos lo examinen en detalle, no encontrarán nada.
─No perdamos más tiempo. Aún tenemos que encontrar la posada y esperar a que nuestro contacto en palacio acuda a la cita.
Sin esperar respuesta, Palas se acercó a la borda de babor y bajó por un cabo hasta alcanzar el pequeño bote. Saborgas se deslizó tras él, cayendo a su lado. Montaron los remos y en pocos segundos se estaban alejando del velero condenado.
No fue complicado encontrar la fonda. Estaba en uno de los callejones que nacían desde la gran avenida, muy cerca de los muelles, donde el trasiego humano era más importante. El dueño, acostumbrado a todo tipo de gentes, no les dedicó una segunda mirada tras pagar tres días por adelantado la habitación. Como aún era temprano, se dedicaron a reconocer los alrededores y las mejores rutas de escape. Tras cenar en el mesón de la fonda, se dispusieron a esperar a que apareciera el traidor que les conduciría hasta Ariel Belofont. Tenían que permanecer en el local durante una hora cada día tras la cena, hasta que contactaran con ellos. Era importante pasar desapercibidos y, aunque destacaban por su altura, podían confundirse fácilmente con la multitud de devonianos que hacían negocios en la capital mientras no se mostraran demasiado.
Se sentaron en una de las mesas más alejadas de la barra, junto a una de las paredes desconchadas del fondo y desde la que era fácil controlar tanto la entrada del establecimiento como las escaleras que daban a los pisos superiores. No tuvieron que esperar mucho. El velero se había retrasado un día por culpa de los vientos y no habían podido acudir, tal y como estaba previsto, el primer día. El segundo, puntual a la cita, un hombre embozado se paró delante de su mesa y recitó la frase de contacto.
─¿Puedo ofreceros una noche de diversión?
─¿Cómo os llamáis? —dijo Palas comprobando las mesas.
A estas horas apenas había gente. Aún tardaría un rato en llenarse la sala. Nadie parecía prestarles atención.
─Lebeccio mi señor.
─Teníamos otra cosa en mente, Lebeccio —intervino Saborgas recitando la respuesta correcta para el contacto.
─Cintra puede satisfacer casi todos vuestros deseos, solo hace falta alguien que os lo muestre —susurró Lebeccio mostrando unos dientes amarillentos y dibujando algo parecido a una mueca.
─Bien Lebeccio, ¿qué nos puedes contar?
─Convendría que saliéramos para mayor seguridad y así, mientras os lo explico, os enseño las rutas que debéis utilizar. Además, eso es lo que se espera que hagáis, en teoría os debería conducir a una casa del placer.
Los tres se levantaron y, tras satisfacer el pago de las bebidas, se dirigieron al exterior y salieron a la gran avenida que no había perdido ni un ápice de actividad a pesar de la hora.
─¿Y bien? —preguntó inquieto Palas al estar rodeado de tanta gente.
─Está todo dispuesto, mi señor. Tanto Ariel Belofont como Amber permanecen en palacio. Mañana a primera hora debéis estar en la puerta del servicio del palacio. Yo estaré allí y no habrá problema en franquear la entrada. Apenas hay guardias y, mientras no haya alboroto, no se fijarán en nada.
─¿Tan sencillo? —preguntó Saborgas.
Lebeccio le miró asustado.
Saborgas era una máscara esculpida en piedra. Apenas dejaba traspasar alguna emoción y solo sus ojos mostraban un poco de vida. Sus rasgos duros, cincelados por un adiestramiento constante, habían endurecido sus facciones. Su pelo largo recogido en una discreta coleta afilaba aún más su huidizo rostro.
─No, no… ─tartamudeó nervioso el traidor─. Esa es la parte sencilla. De día, Belofont y su hijo están muy bien custodiados y será imposible sorprenderles a la vez, así que primero os esconderé en un cuarto, donde deberéis aguardar a que se haga de noche. Yo os llevaré, cuando pueda, algo de comer. Al atardecer el grueso principal del servicio regresa a la ciudad y apenas queda gente en el interior. La guardia personal esta en los pisos inferiores y todo está muy tranquilo. Yo mismo os conduciré pero por si hubiera algún contratiempo, con este mapa que os he preparado, podréis llegar sin perdida hasta las habitaciones privadas del Belofont y su hijo Amber. Cuando hayáis acabado con ellos deberéis huir por la ruta que os he marcado. A esa hora el suele estar durmiendo sólo, apenas un par de sirvientes estarán en la alcoba y un par de soldados en la antecámara. Con Amber, aún será más sencillo, no le gusta tener a nadie en sus habitaciones.
Lebeccio hizo una pausa para comprobar que nadie les seguía y continuó.
─Si todo se hace como está previsto, cuando descubran a Belofont muerto, estaréis embarcados en vuestra nave y embocando la rada exterior.
─Su guardia personal… ¿Son devonianos? —preguntó.
─Sí, disculpad, creí que ya lo sabíais. Toda su guardia personal está formada por devonianos de la casta guerrera de los Pragos.
Saborgas miró a Palas y comentó.
─Uhmm son duros y están bien entrenados.
Los labios de Palas dibujaron una sonrisa cruel.
─Nadie dijo que fuera fácil y estamos aquí para cumplir los deseos de nuestro Señor Inkaruka. Haremos nuestro trabajo.
Lebeccio se paró en una calle junto a la gran avenida. Habían estado subiendo por ella y ya se divisaban claramente las almenas y los muros exteriores del palacio de Belofont.
─Aquí debéis abandonar la avenida y girar por esta calle; conduce directamente a las puertas del servicio del palacio. Nos acercaremos lo bastante para que veáis la entrada. Eso será suficiente.
─Una cosa más —comentó de nuevo Lebeccio mientras echaba a andar de nuevo—. Aseguraos de que, una vez memorizado el mapa, lo destruís. No suele suceder, pero a veces los soldados registran a todos los miembros del servicio. Debéis llevar bien escondidas vuestras armas o, si lo preferís, puedo introducirlas yo y guardarlas en el mismo lugar donde os esconderé hasta que se haga de noche.
Palas y Saborgas se miraron a los ojos un instante. No estaban dispuestos a perder de vista sus armas.
─¿Cómo saldremos del palacio? —intervino de nuevo Saborgas.
─Yo mismo os conduciré. Si todo ha ido como se espera, hasta el cambio de guardia no se darán cuenta. Tendremos tiempo de abandonar el palacio, descender hasta el puerto y tomar un transporte hasta Vidar. Tengo entendido que allí os esperan.
Poco a poco las casas se iban transformando en edificios más suntuosos. Hacía rato que habían dejado la parte baja y se habían adentrado en la zona noble de la ciudad. Comerciantes ricos y las casas menores se agolpaban en esa zona de la capital, mejor iluminada y más limpia, creando una difusa frontera entre los habitantes de Cintra.
Continuaron andando hasta llegar a una explanada. Al fondo se divisaban los muros exteriores de piedra veteada en gris del palacio que se extendían en ambas direcciones; en el centro y dominando la plaza había una puerta de madera oscura, de grandes dimensiones, con goznes dorados que habían perdido el brillo. No había guardias a la vista.
Un par de antorchas señalizaban algunos locales abiertos. Lebeccio vio que miraban en esa dirección y se apresuró a explicarles.
─Son un par de tabernas. Solemos ir allí al salir, incluso cuando tenemos algo de tiempo libre durante el día. Es un buen lugar para escuchar lo que ocurre en el interior de palacio.
Hizo una pausa y, al ver que ninguno de sus invitados preguntaba, continuó.
─Esa es la entrada donde os esperaré mañana —señaló Lebeccio hacia la puerta—. No saldremos por el mismo lugar. Conozco una salida mucho más discreta que utiliza Belofont o su hijo cuando quieren visitar la ciudad discretamente. Ahora os la enseñaré, no queda lejos. Es una lástima que no podamos utilizarla para entrar. Tiene un mecanismo de aviso en la misma alcoba de Belofont ─hizo una pausa y sus ojos brillaron malignamente─. Cuando salgamos, ese detalle carecerá de importancia.
Mientras comentaba esos detalles, Lebeccio se encaminó por un callejón paralelo a las murallas hasta una de las mansiones que ocupaban la zona.
─Aquí está —señaló una casa de madera oscura de dos plantas.
Palas dedicó a la casa una atenta mirada. La puerta permanecía cerrada y todas sus ventanas superiores estaban cerradas con sólidos porticones. No parecía que hubiera nadie en su interior. Tres calles confluían en ella, dando varias opciones para escapar si fuera necesario.
─Por aquí saldremos de nuevo y bajaremos en dirección al puerto. Tengo apalabrada una goleta llamada Caleuche que zarpará al amanecer con dos pasajeros a bordo, sólo espera mi confirmación para saber el día. Si los vientos son favorables os llevarán en pocas horas hasta la isla de Vidar, lamentablemente no podemos utilizar peces globo, llamaría demasiado la atención ─se paró un instante, como si hubiera olvidado algo y continuó poniendo especial énfasis─. Esas son las ordenes que recibí.
Lebeccio les miró sin atreverse a hacerlo directamente a los ojos, como esperando una pregunta que nunca llegó. Palas y Saborgas permanecían en silencio estudiando el lugar.
─¿Puedo hacer alguna cosa más? —preguntó.
─Si respondió Palas—. Muéstranos el camino de regreso al puerto y la nave que has alquilado. Es cuesta abajo, pero seguro que hay algunos atajos que nos conviene conocer por si las cosas se ponen feas.
Lebeccio hizo un ademán confuso con la mano, manteniendo la vista baja, y les invitó a seguirlo. Tomaron uno de los callejones que nacían frente a la discreta mansión y empezaron a bajar lentamente hacia la bahía.
Saborgas, siempre práctico, preguntó.
─¿Tienes algún lugar donde escondernos algunos días si no podemos abordar el velero y salir de Cintra?
─¡Disculpad! ¿Qué decís? ─dijo Lebeccio, que no prestaba atención, al cabo de unos segundos.
─¿Dónde vives? —terció Palas con voz cortante.
Lebeccio se paró en seco.
─Vivo en palacio —tartamudeó el pequeño hombre, nada acostumbrado a tener tan cerca a los asesinos personales de su amo Inkaruka—, pero para mantenerme en contacto con nuestro señor, alquilé una pequeña buhardilla. Es allí donde recibo los correos de Ambirea. Es un lugar discreto, muy cerca del puerto. Si fuera necesario, es un buen lugar para permanecer oculto el tiempo necesario.
El servidor les miró expectante.
Palas hizo un gesto con la mano invitándolo a seguir adelante.
─¡Oh sí! ¡Perdonad!
Lebeccio echó a andar de nuevo, esta vez con premura, como si quisiera acabar cuanto antes y alejarse de ellos.
Fue señalizando las diversas calles que se podían tomar, pero siguiendo siempre el camino más corto.
Al poco llegaron a un vetusto edificio de tres plantas rodeado de otros de similar aspecto. Todo era muy vulgar. Lebeccio lo señaló discretamente. Estaban tan cerca del puerto que se oían perfectamente los ruidos de las vergas y mástiles al entrechocar a causa del viento.
La cadencia de su voz dejó transmitir su nerviosismo.
─Es ese, arriba de todo, no hay pérdida, tan solo hay una puerta. Mañana os daré una llave por si os fuera necesario —su voz se convirtió en un susurro atemorizado—. Ahora mismo no la llevo encima.
Palas le hizo un gesto con la mano, invitándolo a seguir.
─El barco
—Sí, sí, disculpad.
Lebeccio se apresuró a continuar y salieron a las dársenas al torcer por una calleja. Era tarde pero aún había tráfico de carretas con la carga recién llegada.
Al poco llegaron hasta uno de los muelles donde la Caleuche estaba amarrada.
─Si lo deseáis, puedo presentaros a su capitán si está a bordo.
─Eso no será necesario —respondió Palas y continuó—. No es necesario que nos muestres más. Sabemos cómo regresar hasta nuestra fonda. Mañana a primera hora nos veremos en la puerta y no te preocupes por nuestras armas. No habrá problema con ellas.
Sin esperar respuesta, ambos se giraron y se alejaron sin volver la vista atrás.
Ⓒ Ricardo de la Casa Pérez